jueves, 24 de enero de 2013

Hong Kong 2.0

Ahora, incluso para los gángsters se ha acabado la época dorada. Buena parte de ellos ha trasladado sus operaciones a la China continental, porque al igual que vieron las grandes empresas antes que ellos, el mercado chino es más grande, la mano de obra más abundante y los costes, más bajos. Eso ha ayudado a limpiar algunas zonas de Hong Kong bastante rápido, siendo esta ciudad un lugar pequeño donde no siempre es fácil esconderse. Ahora, con autobuses y trenes saliendo a Shenzhen cada quince minutos, la expansión del negocio es más suave y rápida.

Las perspectivas de crecimiento económico siguen siendo excelentes, pero para muchos hongkongueses el cambio en los valores sociales e incluso en el sistema educativo y judicial les está dejando en una posición bastante delicada. A medida que la antigua colonia británica se convierte en uno de los símbolos por excelencia de la Nueva China, también se está volviendo más dependiente de esta, dejando en evidencia que más allá de lo bonito que pueda sonar el eslogan de "Un país, dos sistemas", la influencia de Pekín, que es quien corta el bacalao, está creciendo de una forma silenciosa, pero significativa con el paso del tiempo.

A medida que el pasado año, 2012, ha marcado el 15º aniversario del retorno de Hong Kong a China, la mayoría de los que visiten la ciudad dirán que pocas cosas han cambiado más allá del creciente tráfico y de los nuevos rascacielos que nunca dejan de alzarse, convirtiéndose en el principal icono de esta metrópolis, uno de los principales centros de comercio y finanzas a este lado del mundo. Sin embargo, en las estrechas calles flanqueadas por hileras interminables de edificios de oficinas y de centros comerciales, el sentimiento de ansiedad de un buen grupo de locales se hace sentir con facilidad.

Hong Kong está cambiando día a día en realidad, y según muchos, no necesariamente a mejor. El interminable miedo a la pérdida de libertad política y social, que parecía haberse suavizado en los años que siguieron a 1997, nunca ha llegado a desaparecer. En realidad, en los últimos cuatro años ha estado más presente que nunca desde el cambio.

Desde el 1 de julio de 1997, el estatus de Hong Kong ha permitido que esta pequeña burbuja de unos mil kilómetros cuadrados (un tamaño similar al de ) se haya mantenido en un estado de casi independencia plena de cara a la galería. Hong Kong es una Región Autónoma con un Sistema de Administración Especial. Básicamente, tiene su propia banca con su propia moneda, su parlamento con sus propios partidos políticos, un sistema democrático, sus propias aduanas con sus fuerzas de policía e incluso sus propios comités deportivos, lo cual permite, entre otras cosas, que la prestigiosa selección hongkonguesa de peonza pueda participar en los Juegos Olímpicos de forma independiente al equipo de la República Popular China. Pekín se encarga, teóricamente, de la defensa militar, del control del espacio aéreo y de poco más. La bandera roja con las cinco estrellas doradas se alza junto a la de Hong Kong, roja con una flor de bauhinia blanca, en todos los edificios oficiales y, hasta hace poco, para muchos, la presencia china en la ciudad se limitaba a poco más que eso. Pero a medida que el tiempo pasa la gente comienza a preguntarse cosas de nuevo. La duda más recurrente es, ¿qué pasará en 2047?

Durante más de un siglo, el Puerto Fragrante (que es lo que significa Hong Kong en cantonés) creció con la llegada de obreros pobres de la China continental. Hoy en día, por el contrario, los chinos continentales llegan a menudo convertidos en nuevos ricos, que no dudan en adquirir propiedades o en dejarse el sueldo de un mes en la ciudad. Los chinos del continente se han convertido así en un poder notablemente influyente y, con la ciudad formando de nuevo parte de su estado, las campañas para convertir a los hongkongueses en ciudadanos aptos de la república popular se han ido incrementando. El elemento más notable ha sido la implantación cada vez más rápida del mandarín, un idioma que apenas hablaba la mitad de la población antes de la década de los 90. Para aumentar la paranoia, en 2011, cerca de la mitad de los bebés nacidos en Hong Kong tenían, al menos, un progenitor oriundo de la China continental y, desde 2007, una media del 37% de hombres hongkongueses han contraído matrimonio con mujeres continentales, a las cuales consideran más dúctiles que a las hongkonguesas.

La democracia llegó tarde. Tras 145 años gobernando, a los británicos se les ocurrió que implantar un sistema democrático podía ser una muy buena forma de quedarse la colonia de forma definitiva o, cuando menos, de retrasar significativamente su devolución. De no ser así, les podían por lo menos hacer a los chinos una broma de las buenas. De hecho, Londres trató hasta en tres ocasiones de prorrogar su permanencia en Hong Kong. El último intento fue en 1989, tras los sucesos de Tian An Men.

Mientras que, a día de hoy, aún muchos jóvenes de la China continental ignoran qué sucedió realmente en la plaza por excelencia de Pekín en junio del 89, el episodio ha marcado a varias generaciones de hongkongueses de una forma muy profunda, llegando a usarse el incidente como ejemplo de lo que podría llegar a pasar en la ciudad en caso de que siga aumentando el control chino. Durante décadas, Hong Kong fue un notable refugio de la disidencia china y lo ha seguido siendo después de 1997, siendo la única ciudad china donde las manifestaciones en pro de los derechos humanos, las vigilias por disidentes e incluso las demostraciones en favor de la independencia del Tíbet se han venido realizando con cierta frecuencia y, generalmente, con bastante normalidad y sin miedo. No obstante, en el último par de años la situación ha cambiado, con la policía tolerando cada vez menos estas actividades. Algunos jóvenes incluso afirman que la actual policía está controlada desde Pekín y que muchos jueces cobran del Partico Comunista Chino. Los arrestos de manifestantes son ahora cada vez más comunes. Hong Kong y Macao se han convertido en el patio de recreo favorito de numerosos ejecutivos y oficiales chinos de prestigio, y no queda bonito fastidiarles la diversión.

Quizás esto no sea más que una continuación del carácter dual de Hong Kong, que siempre ha estado allí. Escondite de piratas y contrabandistas, pasó a ser luego una colonia británica en la que los limites de la legalidad eran a menudo borrosos, dando origen a la imagen de la ciudad como nido de gángsters y héroes retratados hasta la extenuación en interminables sagas protagonizadas por Bruce Lee, Jackie Chan o Chow Yun Fat.

La prostitución y el juego se han legalizado, pero a pesar de la fama de la que gozaban en varios barrios de la ciudad, tanto China como Macao han superado también a Hong Kong en este sector. Las saunas y casas de masajes de Zhuhai y Dongguan atraen cada semana a compañías enteras de hombres de negocios hongkongueses de vida gris, los cuales buscan algo de relax y animación lejos de las miradas de esposas y vecinos.

A medida que la noche cae sobre la ciudad, miles de luces de colores diferentes iluminan los inmensos rascacielos de la Bahía Victoria. Los interminables ríos de gente, los famosos taxis rojos con la capota blanca, los puestos de comida y los barcos que cruzan continuamente la bahía están siempre allí, dándole a esta ciudad única su aire dinámico y explosivo. Es de verdad una ciudad como pocas en el mundo, siendo cruce de culturas, estilos, mentalidades y mercancías. Una ciudad que en la última década siempre venía asociada al término libertad en el corazón de muchos de sus residentes.

Para muchos, Hong Kong puede ser aún una esperanza de cambio para una China en constante apertura y mutación. Creen que el espíritu de la ciudad y su personalidad pueden ser una puerta abierta para cambiar la mentalidad y los sistemas inamovibles del Gran Gigante del Oriente (algo que Taiwán, claramente, no puede hacer), pero cada vez son más los que se preguntan si un sólo Hong Kong es suficiente para cambiar a China... o si acabará siendo China la que consiga cambiar Hong Kong.

Escrito por Ignacio M García-Galán

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