miércoles, 9 de mayo de 2012

Estación lluviosa en Hanoi


Hará cinco años me encontraba sentado en la azotea de un café de la calle Hang Bai, en Hanoi, cuando comenzó a llover. Abajo, en la calle, un grupo de niños jugaba al fútbol, todos ellos embutidos en sus chubasqueros, mientras el incansable tráfico de motocicletas y taxis seguía con su harmónico caos.

Leyendo el periódico mientras me tomaba el café con calma (¿quién sabía cuánto iba a durar la lluvia?) encontré una noticia que destacaba ligeramente sobre las demás. Una que ya había visto en varias ocasiones, quizá demasiadas, pero que raro es el mes en que no aparecía.

Setecientos kilómetros al sur, en la provincia de Quang Nam, cuatro campesinos habían muerto al estallar un obús abandonado que se encontraron en su arrozal mientras hacían sus quehaceres diarios. Las noticias en los periódicos vietnamitas son casi siempre las mismas.

Para entonces, los soldados americanos hacía ya dos años que habían dejado de combatir en esa guerra, pero el personal civil que Washington había dejado en Vietnam era aún muy numeroso, al igual que sus consejeros, asesores y sobrenombres varios que queramos darles a sus espías y víboras de función diversa. Se encargaron de sacarlos a todos, junto con un amplio número de expatriados y de refugiados vietnamitas, en helicópteros que despegaban de lugares tan diversos como la azotea de la propia embajada, la del Hotel Brinks, el estadio de fútbol, el hipódromo o el propio parking de vehículos del aeropuerto. En unas setecientas misiones de vuelo consiguieron sacar de Saigón a más de seis mil personas en apenas dieciocho horas. Cuatros horas después de despegar el último helicóptero, un tanque nordvietnamita T-54 entraba en los jardines del palacio presidencial. De él descendió un pequeño soldado portando una gigantesca bandera del Vietcong. Era la mañana del 30 de abril de 1975.

Cuando hablamos de Vietnam, incluso hoy en día, la gente siempre tiende a asociar el país con una guerra, larga, cruenta y retratada hasta la saciedad en películas y documentales de calidad y veracidad a menudo discutibles. Desde la magnífica 'Platoon' de Oliver Stone hasta la pésima y ofensiva 'Cuando éramos soldados' de Mel Gibson, sin olvidarnos de la sórdida 'Apocalypse Now' de Francis Ford Coppola. Y es que estamos acostumbrados a relacionar la palabra 'Vietnam' con imágenes de helicópteros y aviones lanzando napalm sobre la selva y los arrozales al son de 'Paint it black' de los Rolling Stones. De verdad, ¡qué flaco favor le ha hecho Hollywood al nivel cultural de la gente!

Ciertamente, Vietnam es un país marcado por la guerra, a la cual los propios vietnamitas consideran un recuerdo distante del que quieren huir a toda costa. De hecho, la residencia en la que dormí durante los tres meses de mi curso estaba a pocas manzanas del hospital de Bach Mai, que cuenta con el dudoso honor de haber sido bombardeado hasta en ocho ocasiones diferentes por la fuerza aérea norteamericana hasta su destrucción completa en 1972. Fue reconstruido y aún sigue ahí.

Intereses, paranoias y patriotismo. Todo se entremezcló en un cóctel explosivo en el que, sin casi pretenderlo, tras la derrota de los colonialistas franceses, se encontraron frente a frente los líderes comunistas de Vietnam del Norte, artífices de la independencia, contra un débil gobierno pro-occidental que dirigía el sur desde Saigón. Se acordó celebrar elecciones libres en los dos "Vietnams" para una reunificación en 1956, pero cuando los comunistas del norte ilegalizaron todos los partidos políticos y en el sur los sondeos les daban un 30% de los votos cundió el pánico. El gobierno del sur, con presión estadounidense, se retiró de las elecciones y se lanzó a la persecución de todo elemento izquierdista. Surgió así el Vietcong, una guerrilla comunista sureña cuyo objetivo no era otro que el de derrocar al gobierno de Saigón. Cuando el Vietcong comenzó a ganar la guerra con el apoyo de Vietnam del Norte, EE.UU se "vio obligado" a intervenir militarmente.

Después de veinte años de guerra y de diez de participación americana, el ejército de Vietnam del Sur apenas tardó dos meses en venirse abajo como un castillo de naipes. Cuando los tanques nordvietnamitas, seguidos de dieciséis divisiones de infantería, se plantaron en la puerta de Saigón y tocaron el timbre, los americanos supieron que aquello era el GAME OVER definitivo. Apenas quedaban en la ciudad treinta mil soldados sureños, y ya estaban desertando en masa. El aeropuerto quedó cerrado, tal y como había sucedido en Camboya apenas un par de semanas antes, y los americanos se vieron obligados a poner en marcha la 'Operación Frequent Wind' (sí, lo de ponerle nombres gilipollescos a las operaciones yankees debe venir de ahí).

Cuando la radio de las Fuerzas Armadas en Saigón emitió la canción 'Blanca Navidad' de Bing Crosby seguida de un mensaje del DJ que decía "Mamá quiere que llames a casa", los estadounidenses que quedaban aún en el país y los periodistas extranjeros sabían que había llegado la hora de hacer las maletas y de ir discretamente a la embajada americana, apenas a un par de manzanas de la catedral. La evacuación estaba en marcha.

Pese a todo, aquel día no supuso el final de la lucha para los vietnamitas. Las guerras seguirían aún durante años en las fronteras, esta vez contra camboyanos y chinos que, irónicamente, habían sido sus aliados en los años anteriores. Al mismo tiempo los vietnamitas tendrían que hacer frente a innumerables dificultades: las ciudades e infraestructuras del norte habían quedado arrasadas tras años de ataques aéreos, los campos del sur estaban forrados de municiones sin detonar, cuatro millones de personas habían muerto, dos millones más habían huido, los mutilados y afectados por el abominable 'Agente Naranja' se contaban por decenas de millares, la guerra con los camboyanos era una sangría económica y, por si fuera poco, la ayuda soviética que había estado llegando durante años de forma gratuita pasó a llegar en forma de préstamos a partir de 1983. Ello significaba que los vietnamitas tendrían que devolver todo lo que se les prestase, ya fuese pagando en forma de sacos de arroz, haciendo a los rusos los dueños casi exclusivos del poco petróleo que se saca de Vietnam o incluso alquilando a la marina soviética durante un lustro algunas de las bases más grandes que los norteamericanos habían construido, como las de Nha Trang y Chu Lai.

El colapso de la URSS en 1991 supuso que Vietnam se quedase prácticamente solo. Para entonces, en algún momento de la década de los 80, los vietnamitas se habían dado ya cuenta de que la economía basada en cooperativas agrícolas y nuevas zonas económicas que seguían un modelo sino-soviético no les estaba funcionando demasiado bien. Estaban teniendo un brutal boom demográfico, pero apenas el 10% de la población trabajaba en la industria. Sería necesario abrir el país y atraer la inversión extranjera apoyándola en lo barata que era la mano de obra local.

Esta perestroika vietnamita supuso el pronto desarrollo de muchas ciudades e infraestructuras, pero durante años se usarían los beneficios económicos generados en el sur, con sus fábricas y su agricultura, para reconstruir las ciudades del norte. "El norte triunfó en la guerra, pero el sur triunfó en la paz", dicen algunos allá por el sur aún hoy. Y es que a pesar de llevar reunificados 36 años ya, las sociedades del norte y del sur son aún radicalmente diferentes, como si de dos países distintos se tratasen. El sur genera más del 60% del PIB del país, Saigón sigue siendo la ciudad más grande y el principal polo comercial. Los sureños son más abiertos, dinámicos y mejores negociantes que los norteños, más cerriles, tozudos y orgullosos. En definitiva, a los vietnamitas de ambos lados parece faltarles aún cierta química o lo que podríamos llamar un acerbo psicológico común, como dirían algunos.

Hoy día, el 70% de la población del país tiene menos de 40 años, lo que significa que nacieron después de la guerra. Por tanto, para ellos, la contienda es ciertamente ese mencionado "recuerdo distante que quieren olvidar a toda costa". Tienen la impresión de vivir en otro Vietnam, en cierta manera, y es que los vietnamitas viven tal y como conducen: mirando siempre hacia adelante y sin detenerse jamás. Es igualmente sorprendente ver todas las cosas que son capaces de llevar a cuestas en sus motocicletas, desde una familia de 5, hasta dos tipos llevando una cama, un frigorífico o una gigantesca cesta metálica con cerdos o pollos.

Con el paso de los años, tras tres visitas diferentes al país y una estancia de casi cuatro meses en la última de ellas, he podido ver Vietnam cambiar a pasos agigantados. En mi primer viaje los hangares americanos y varios helicópteros desvencijados se podían ver aún junto a la pista del aeropuerto de Saigón, donde hoy hay una nueva terminal de pasajeros con capacidad para veinte millones de viajeros al año. Los campesinos de Quang Nam aún usaban jeeps y camiones dejados por los americanos para llevar sus cosas al mercado, y algún que otro tanque destruido te podías encontrar tirado en la cuneta de alguna carretera que hoy en día ha pasado a estar pulcramente asfaltada y a tener 2 carriles por cada sentido. Vietnam crece, pero encajonado entre gigantes como China e Indonesia o países tan dinámicos y prósperos como Malasia. No lo va a tener nada fácil. Los vietnamitas tendrán que poner a prueba su ingenio, el que les ayudó a subsistir y a prevalecer frente a japoneses, franceses, chinos y norteamericanos. Es curioso, aunque no sorprendente, ver que la obra literaria más famosa de la historia vietnamita sea precisamente el 'Poema de Kieu', la historia de una prostituta que arranca con la siguiente estrofa:

Tras el paso de cientos de años de existencia humana,

¡qué amarga es la lucha mantenida entre talento y destino!

¡Cuántos eventos horribles se han sucedido

mientras las moreras cubrían el mar conquistado!

Ricas en belleza, desgraciadas en la vida.



Termino de leer el artículo en el periódico y apuro el último sorbo de café. La lluvia ha cesado, pero sobre Hanoi se ciernen unos inmensos nubarrones oscuros y más lejos, al fondo, sobre Ha Tay, se oye tronar... Sí, parece que la estación seca ha terminado.

Escrito por Ignacio M García-Galán

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