miércoles, 10 de abril de 2013

Una historia de Corea

Corea
Mucho es lo que se está hablando de Corea en los últimos días. Noticias de amenazas, armas nucleares, escudos antimisiles y guerra. La verdad, la situación se presta para los cabeceros de diarios y noticieros de una forma casi inmejorable. Caído el telón de acero y con los americanos haciendo las maletas en Afganistán e Irak, hace mucho que las teles no tienen el morboso placer de ofrecernos una guerra de las buenas, como las de antes. Si acaso, un par de bombazos en Siria y unos cuantos rebeldes en África, poco más. Por ello, el conflicto coreano parece tenerlo todo: lucha entre bloques, la última frontera de la Guerra Fría en el mundo y una sociedad floreciente y avanzada amenazada por un inmenso ejército casi robótico que sólo obedece a una saga de siniestros hombrecillos, parecidos a los Muppets de Fragle Rock y a los malos de James Bond...

Pero, realmente, ¿qué se cuece en Corea? El desconocimiento del español medio al respecto raya el absoluto y, teniendo en cuenta que si hay tortas igual nos toca meternos, ¿por qué no echarle un vistacillo a la historia reciente de Corea para saber de dónde viene?

A día de hoy, parece quedar claro que Corea, al menos Corea del Sur, se ha consolidado como una de las grandes economías del planeta. Una sociedad vanguardista, puntera en tecnología, conocida mundialmente por su afán trabajador y sus enormes exportaciones. No obstante, para finales del s.XIX, Corea era el país más pobre y aislado de todo el continente asiático. Lacayos de China, los reyes coreanos dejaban buena parte de sus relaciones exteriores y comercio internacional en manos de los emperadores de Pekín, quienes en más de un par de ocasiones les habían salvado de una invasión japonesa. Lo curioso es que, pese a su casi nulo contacto con el mundo occidental (las pocas expediciones americanas y francesas que llegaron a la península tuvieron que salir por piernas de muy mala manera), el cristianismo caló de una forma muy honda en la sociedad coreana.

La división en el seno del poder se hizo evidente. La protección que brindaban los chinos quedó puesta en evidencia cuando la marina japonesa atacó Corea en 1876, obligando al rey Gojong a firmar un tratado de apertura como muchos otros firmados antes por otros países asiáticos cuando veían que sus vecinos o visitantes tenían más cañones que ellos. Por otro lado, la independencia total podría dejar a Corea en una posición muy vulnerable, siendo un país pequeño y pobre rodeado de gigantes. A todo ello, la creciente tensión entre cristianos y budistas y entre terratenientes y labriegos desencadenó varias revueltas que, para 1884, dejaron al país en un estado de guerra civil que sólo remitió cuando China, una vez más, envió tropas para sofocar los tumultos. Muchos de los líderes independentistas huyeron a Japón.

retratos
Cómo los japoneses utilizaron la independencia de Corea como herramienta para acabar conquistándola es algo que, a día de hoy, aún sorprende. Para los japoneses, la ocupación de Corea serviría para minar aún más a la debilitada China y para abrir las puertas de la Asia continental a las tropas y empresas niponas, muy necesitadas de materias primas para mantener su desarrollo armamentístico e industrial. Igualmente, por medio de la ocupación de Corea, Tokyo podría mostrarle a las grandes potencias occidentales que Japón no era inferior a ellas y que, al igual que Francia o Gran Bretaña, también podría llevar los valores de la modernidad y del desarrollo a otros pueblos más atrasados.

China no iba a ser rival para el Japón industrializado de finales de siglo. Con cientos de revueltas internas y mutilada por los extranjeros, sus fuerzas fueron barridas de Corea por el ejército japonés entre 1893 y 1895. Con la firma del Tratado de Shimonoseki, que ponía fin a la guerra entre ambos gigantes del oriente, Corea quedaba servida en bandeja a los japoneses.

Lo más irónico era que, en dicho tratado, Pekín se comprometía a reconocer la plena independencia de Corea pero, tan pronto como sus tropas abandonaron la península, los japoneses comenzaron a levantar campamentos en ella, llegando también numerosos asesores de las islas para "guiar al gobierno coreano en su camino a la libertad". Corea se convirtió así en el Imperio de Corea, pero no era más que una formalidad sobre el papel. Cuando las elites coreanas vieron que el control de la situación se les escapaba de las manos decidieron buscar confort y protección en los rusos. La propia reina consorte Myongseong intentó negociar la concesión de varios puertos en Corea a la marina del Zar y, al mismo tiempo, para los rusos era harto interesante poder tener un puerto en aguas del Pacífico que estuviera libre de hielo en invierno.

El 8 de octubre de 1895 la reina fue asesinada. Varios japoneses entraron en el palacio por la fuerza, arrestaron a los asesores rusos en palacio y desarmaron a los guardias que no desearon cooperar con ellos. El acto fue execrable no sólo por el asesinato en sí, sino por la forma en que fue cometido. Según varios testigos, entre ellos miembros de la legación rusa en Seúl, la reina fue "violada, acuchillada hasta la muerte, después descuartizada y quemada. Sólo unos pocos huesos quedaron para poder ser enterrados".

De ahí en adelante las cosas fueron rápidas. El rey Gojong y su hijo, el príncipe heredero, se cobijaron en la embajada rusa pero, o bien los rusos le debieron de mentar a su extirpe por permitir a los japoneses entrar en palacio, o bien el vodka en la sede no era lo suficiente bueno ya que ambos salieron de allí pasados un par de meses, instalándose en una mansión en las afueras de la ciudad. Todos los partidos y organizaciones que exigían que Corea se liberase de la supervisión rusa y japonesa fueron aplastados por el propio rey, hecho que hace que muchos historiadores se pregunten si los japoneses le hicieron al monarca una oferta que este no pudo rechazar, o si este fue sencillamente un cobarde incapaz de reinar sin tener a su mujer cerca.

En los siguientes diez años Corea se modernizó de una forma considerable, aunque modesta, con la participación de ingenieros enviados por Tokyo y Moscú. Japoneses y rusos competían entre sí por ganarse los favores del rey. Japón no aguantó la tensión. En 1904 le declaró la guerra a Rusia y hundió toda su flota en cuatro batallas navales distintas. Los rusos tuvieron que hacer las maletas y, para los japoneses, contar con el beneplácito de las elites coreanas ya no era en absoluto necesario.

Pueblo
Las palabras con las que el primer gobernador japonés de Corea describió a los coreanos dejaban bien claro desde el principio el aprecio que sentía por los nuevos súbditos del Emperador: "los coreanos son palurdos ignorantes, aunque tiernos. Siempre tienen una sonrisa bobalicona e infantil en sus rostros. Son nobles, aunque torpes, tozudos e ignorantes. Carecen del refinamiento y maneras de nuestra gente pero, con esfuerzo, disciplina, trabajo duro y nuestro sistema educativo podremos hacer de ellos ciudadanos aptos del imperio".

Evidentemente, a uno le dan ganas de responder con un "Sieg Heil" al oírlo.

Con la aquiescencia de británicos y americanos, Japón convirtió a Corea en protectorado en 1905. Dos años después, en 1907, el Acuerdo Coreano-Nipón dejaba al gobernador japonés, Arasuke, como hombre al mando en la península. En 1910 la monarquía coreana fue finalmente abolida y Corea quedó anexionada como parte plena del Imperio Japonés. En el último minuto intentó Gojong enviar una delegación a La Haya para mostrar la agonía de la nación coreana al mundo, pero nadie le prestó la menor atención.
Durante los siguientes treinta años los coreanos serían obligados a aprender japonés, a comportarse como japoneses e incluso a adoptar nombres y apellidos japoneses. Sin embargo, a pesar de ser calificados como "ciudadanos del Imperio", jamás recibieron el mismo trato que sus "compatriotas" de las islas. Durante la II Guerra Mundial fueron salvajemente explotados como mano de obra semi-esclava en fábricas, fueron reclutados a la fuerza para vigilar campos de prisioneros aliados y miles de sus mujeres fueron raptadas para servir como "mujeres de confort" a las tropas niponas en la línea del frente en lugares tan dispersos como Java, Okinawa, Malasia o Birmania.

Al mismo tiempo, varios grupos armados habían comenzado a surgir en la península para recordar a los japoneses que aún existían como pueblo. Los sabotajes de infraestructuras y los secuestros y asesinatos de ciudadanos japoneses no fueron hechos aislados. Sin embargo, estas milicias eran pequeñas, no contaban con apoyos fuertes y no tenían las armas necesarias para enfrentarse a Japón. Paulatinamente huyeron a China y a la Unión Soviética, donde la doctrina comunista les caló muy hondo.

Otros, los más privilegiados, pudieron exiliarse en EE.UU, Hong Kong y Singapur. Dirigidos por Lee Sung-Man (o Syngman Rhee) la Liga Nacional de Corea comenzó a tomar forma. Lee, un graduado de Harvard, había realizado su tésis doctoral en Princeton, donde el corrector de su trabajo no fue otro que Woodrow Wilson (presidente de EE.UU durante la I Guerra Mundial). Casado con la hija de un diplomático austriaco, el viejo Lee siempre supo rodearse de quien mejor le convenía. Cuando los días de los japoneses llegaron a su fin en Corea, pocos estaban mejor posicionados para dirigirla que él.

Continuará...


Autor: Ignacio M García-Galán

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