jueves, 25 de abril de 2013

Conferencia de Ignacio García-Galán en la Asociación de Veteranos de Iberia.

Asociación Veteranos de Iberia
El pasado martes 23 de abril de 2013, tras la invitación de la Asociación de Veteranos de Iberia, Ignacio García-Galán de Culturasia impartió una conferencia sobre China.
La exposición se centró en los mitos y realidades que se elaboran generalmente en torno al gigante asiático, una contextualización geográfica e histórica a través de las principales dinastías y unos apuntes sobre las principales corrientes de pensamiento del país.

El lugar elegido para el encuentro fue la sede de la Asociación de Veteranos de Iberia, ubicada en el madrileño barrio de Malasaña. Cabe destacar la activa participación del público presente que en todo momento planteó distintas preguntas al conferenciante demostrando un gran interés y conocimiento previo sobre los temas tratados.

Tras la charla, los responsables de la AVI y los asistentes señalaron su satisfacción y predisposición a realizar más actividades orientadas a la divulgación de la cultura asiática.



Culturasia

martes, 23 de abril de 2013

Gladys Nieto Martínez, socia de honor de Culturasia

GladysNieto
Culturasia se complace en anunciar que tras haber recibido nuestra invitación, Gladys Nieto Martínez ha aceptado convertirse en Socia de Honor de la Asociación Española de Licenciados en Estudios de Asia Oriental (AELEASOR - Culturasia).
La profesora Nieto es experta en Estudios de Asia Oriental y por ello nos sentimos muy orgullosos de que ella que nos ha visto nacer como asociación en el año 2009 y nos ha apoyado con sus muestras de afecto e interés nos haya concedido tal honor.

inmigracion china
Doctora en Antropología Social por la UAM cuenta con numerosas publicaciones en revistas especializadas y es autora del libro de referencia "La inmigración china en España. Una comunidad ligada a su nación" (Libros de la Catarata).

Sus líneas de investigación giran en torno a la inmigración china, la teoría de género y los valores asiáticos y cuenta con estancias de investigación en universidades de reconocimiento internacional como la Academia China de Ciencias Sociales, la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái, la Federación de Mujeres Chinas y la Universidad Normal de Zhejiang.

Este nuevo hito nos anima a seguir trabajando en la divulgación de la cultura de Asia Oriental con ahínco, desde una perspectiva integradora y con vocación de servicio a la sociedad.

martes, 16 de abril de 2013

Una historia coreana: Divididos quedamos

Time - Corea
Dos días después de caer la bomba atómica sobre Hiroshima, la URSS le declaró la guerra a Japón. En apenas dos semanas, todo el nordeste de China cayó en manos del ejército rojo. Dos años antes los aliados ya habían decidido en las conferencias de El Cairo y de Yalta que Corea debería recuperar su independencia una vez Japón fuera derrotado. La opción de realizar una transición estudiada y transparente hacia esa independencia o cómo sería administrada no fueron cuestiones abordadas en detalle por las grandes potencias, si es que eso alguna vez les interesó.

Con la rendición de Japón el 25º Ejército de la URSS entró en Corea por el norte, desde China. Con él viajaban varias columnas de partisanos chinos y coreanos quienes, además de combatir, hacían las labores de guías e interpretes. No debían de ser suficientes, al parecer, ya que la ignorancia y la falta de respeto que los soldados soviéticos mostraron en el norte de Corea durante sus meses de ocupación fueron claros. Las violaciones, asaltos y saqueos fueron harto comunes, hasta el punto de que los propios ciudadanos de Pyongyang realizaron varias manifestaciones en 1947 y 1948 (probablemente las últimas que hicieron con libertad) exigiendo la retirada de las tropas soviéticas.

Al mismo tiempo, los Marines de EE.UU desembarcaban en el sur. Por irónico que parezca, el sur era originalmente el principal hervidero de actividad comunista en Corea. Mientras, el norte ocupado por los soviéticos había sido el bastión de los nacionalistas de derechas. Sin embargo, el Partido Comunista de Corea establecido en Seúl era totalmente independiente y no tenía contacto alguno con Moscú y, mucho menos aún, con Kim Il-Sung quien, por medio de unas elecciones fraudulentas organizadas por los soviéticos, se hizo con el poder del norte en 1946. Stalin y los oficiales del ejército rojo recompensaron así al entonces joven Kim, que había alcanzado el rango de capitán en el ejército soviético durante la II Guerra Mundial.

Si bien los japoneses se habían marchado ya de Corea y reconocido su independencia, la realidad es que para 1947 el país estaba ya claramente dividido en dos estados diferentes. La retirada soviética en 1948 dejó en manos del nuevo ejército norcoreano cientos de miles de toneladas de municiones y armas sobrantes de la reciente guerra, así como camiones y un número muy considerable de carros de combate. Por si fuera poco, el tejido industrial, incluidos los grandes arsenales que los japoneses habían levantado en la península durante su mandato se concentraban, fundamentalmente, en el norte. Kim Il-Sung proclamó así el establecimiento de la República Popular Democrática de Corea, que pronto dejó claro tener poco de popular y democrática e, incluso, de república.

aviones
Para los americanos, las cosas no iban a pintar mucho mejor. El sur era más pequeño que el norte, era una zona rural, poco industrializada, más poblada y hervía con la actividad de grupos de izquierdas, algunos de ellos armados. El centro administrativo, eso sí, quedaba en Seúl, la última capital de Corea y, a la postre, ciudad más grande del país. Cuando la Autoridad Provisional de Corea, un gobierno nacional que fue establecido en Seúl por los propios coreanos tras la derrota japonesa, intentó entrevistarse con los oficiales americanos, estos se negaron a recibirles. Los yankees tenían muy claro a quién querían en el poder, y ese no era otro que su protegido, Lee Sung-Man. De esta forma, Corea llega a tener dos gobiernos, sin relaciones entre sí, y ni Washington ni Moscú dedican el más mínimo esfuerzo a tratar la cuestión de la reunificación de una manera seria. El ejército surcoreano era pequeño, estaba pésimamente equipado y, en principio, sólo se dedicó a detener la insurgencia comunista en el sur.

El 25 de junio de 1950, poco antes del amanecer, oleadas de soldados norcoreanos, apoyados por tanques y artillería cruzaron el paralelo 38 hacia Corea del Sur. Por supuesto, Pyongyang dijo que el sur había atacado primero.

Kim Il-Sung se sentía envalentonado por la coyuntura social y política del sur, donde el Partido Comunista tenía un número grande de simpatizantes que estaban siendo brutalmente reprimidos. Desgraciadamente para él, Pyongyang no tenía ningún de tipo de relación, influencia o control sobre los comunistas del sur y su organización y, por su parte, las tropas del sur no contemplaban la opción de huir sin combatir. Durante dos meses el ejército surcoreano perdió millares de hombres en su encarnizado esfuerzo por contener o, al menos, retrasar la avalancha comunista que barrió la península. Para agosto se encontraban arrinconados en la esquina sudoriental de Corea, defendiendo el puerto de Pusan con la ayuda de unos pocos Marines americanos y el apoyo de los bombarderos que llegaban a cubrirles desde las bases aéreas en el vecino Japón.
Ese mismo mes, tras las súplicas del gobierno del sur, la ONU aprobó en un pleno la Resolución 82, por la cual se enviaba a Corea una fuerza multinacional de combate de la que dos tercios de sus efectivos serían estadounidenses y que estaría, inicialmente, comandada por el General Douglas MacArthur, artífice de la victoria sobre Japón. El hecho de que la URSS se ausentase durante nueve meses de la Asamblea General como protesta por la negación de admitir a la China comunista en la organización supuso que nadie pudiese vetar el envío de dicha fuerza. Todos los miembros votaron a favor salvo Yugoslavia, que se abstuvo.

El 15 de septiembre los Marines desembarcan en Inchón, el puerto más cercano a Seúl, 350km al norte de la línea del frente. El movimiento era arriesgado, pero era en sí, una obra maestra. Desde el puerto, las tropas aliadas avanzaron rápidamente hacia Seúl, capturando la capital y amenazando con cortar la península en dos. Los soldados norcoreanos, al ver la situación, suspendieron su ofensiva en el sur y se apresuraron a retroceder de vuelta a casa ante el temor de quedar aislados. Para cuando regresaron a su territorio la mitad de sus miembros había muerto o desertado. Para los aliados, la ocupación de Corea del Norte a partir de octubre no fue en exceso complicada, apenas les llevó un mes. A comienzos de noviembre, el gobierno norcoreano y las unidades que este pudo salvar cruzaron a China, donde esperaban contar con la protección y el apoyo del gobierno de Mao.

Soldados
Siempre se nos ha vendido la intervención china en Corea como la respuesta a una potencial amenaza. El gobierno de Pekín veía la presencia de tropas extranjeras, y concretamente americanas, en su frontera como una daga en su garganta. Una Corea unificada bajo tutela de Washington podría ser un trampolín para derrocar a su recientemente creada República Popular. No obstante, Mao ya tenía planes para intervenir en Corea en fechas tan tempranas como febrero de 1950, cuatro meses antes del estallido de la guerra. Esto, sin duda, pudo animar mucho a Kim Il-Sung. Por aquel entonces China trataba de desmovilizar a varios cientos de miles de soldados de su "Ejército Popular de Liberación" y muchos estaban teniendo problemas a la hora de adaptarse a la vida civil. Se dice que cuando Mao firmó la orden de enviar 800.000 soldados a Corea lo hizo sonriente y diciendo: "Ha pasado ya bastante desde que tuvimos una batalla en condiciones".

En oleadas humanas interminables, las tropas chinas, seguidas en la retaguardia por los norcoreanos, arrollaron a los aliados en el norte. Las tropas americanas, británicas y surcoreanas se vieron atrapadas en las nevadas del cruel invierno coreano, obligadas a luchar hasta le extenuación para llegar a la costa y subir a uno de los últimos barcos que iban al sur. Los comunistas reocuparon Seúl en enero pero, para sorpresa de todos, los aliados consiguieron recapturarlo dos meses después. Era la cuarta y última vez en menos de un año que la capital surcoreana cambiaba de manos.
De ahí en adelante la guerra se convirtió en una sangría ridícula por capturar las colinas que salpican el centro de la península coreana. Los aliados se verían obligados a enviar más tropas y aviones para frenar en avance chino y enfrentarse a los experimentados pilotos soviéticos que volaban para el norte. En realidad, la Guerra de Corea es conocida por ser la primera en la que se usaron de forma extensiva los aviones a reacción, con el F-86 americano y el MIG-15 soviético como sus principales símbolos. También fue el primer conflicto no desarrollado a nivel mundial en el que se pudo ver a soldados americanos heridos tratados por médicos italianos e indios en un hospital construido por el ejército francés y custodiado por tropas turcas y etíopes. Igualmente, fue también la primera guerra en la que apareció el helicóptero y la primera en la que no hubo segregación racial entre las filas del ejército estadounidense.

Si bien las negociaciones habían arrancado ya a finales de 1951, el acuerdo de alto el fuego final no fue alcanzado hasta el 27 de julio de 1953.

Un cabo soviético y un sargento americano redibujaron la frontera utilizando un mapa de National Geographic. Corea del Norte se hizo con el control de la ciudad de Kaesong, donde ahora hay un gran parque industrial de cooperación con el sur, y varias islas de la costa occidental. Su régimen prevaleció, para alivio de los chinos, pero el 90% de su tejido industrial e infraestructuras quedaron arrasados por los bombarderos B-29 americanos. A efectos prácticos, se puede decir que la frontera sufrió cambios mínimos, pero el nivel de fanatismo con el cual los coreanos se mataron entre ellos llegó a sorprender a las fuerzas extranjeras que participaron en el conflicto. Los coreanos de ambos lados jamás se volverían a mirar con los mismos ojos.


Autor: Ignacio M García-Galán

miércoles, 10 de abril de 2013

Una historia de Corea

Corea
Mucho es lo que se está hablando de Corea en los últimos días. Noticias de amenazas, armas nucleares, escudos antimisiles y guerra. La verdad, la situación se presta para los cabeceros de diarios y noticieros de una forma casi inmejorable. Caído el telón de acero y con los americanos haciendo las maletas en Afganistán e Irak, hace mucho que las teles no tienen el morboso placer de ofrecernos una guerra de las buenas, como las de antes. Si acaso, un par de bombazos en Siria y unos cuantos rebeldes en África, poco más. Por ello, el conflicto coreano parece tenerlo todo: lucha entre bloques, la última frontera de la Guerra Fría en el mundo y una sociedad floreciente y avanzada amenazada por un inmenso ejército casi robótico que sólo obedece a una saga de siniestros hombrecillos, parecidos a los Muppets de Fragle Rock y a los malos de James Bond...

Pero, realmente, ¿qué se cuece en Corea? El desconocimiento del español medio al respecto raya el absoluto y, teniendo en cuenta que si hay tortas igual nos toca meternos, ¿por qué no echarle un vistacillo a la historia reciente de Corea para saber de dónde viene?

A día de hoy, parece quedar claro que Corea, al menos Corea del Sur, se ha consolidado como una de las grandes economías del planeta. Una sociedad vanguardista, puntera en tecnología, conocida mundialmente por su afán trabajador y sus enormes exportaciones. No obstante, para finales del s.XIX, Corea era el país más pobre y aislado de todo el continente asiático. Lacayos de China, los reyes coreanos dejaban buena parte de sus relaciones exteriores y comercio internacional en manos de los emperadores de Pekín, quienes en más de un par de ocasiones les habían salvado de una invasión japonesa. Lo curioso es que, pese a su casi nulo contacto con el mundo occidental (las pocas expediciones americanas y francesas que llegaron a la península tuvieron que salir por piernas de muy mala manera), el cristianismo caló de una forma muy honda en la sociedad coreana.

La división en el seno del poder se hizo evidente. La protección que brindaban los chinos quedó puesta en evidencia cuando la marina japonesa atacó Corea en 1876, obligando al rey Gojong a firmar un tratado de apertura como muchos otros firmados antes por otros países asiáticos cuando veían que sus vecinos o visitantes tenían más cañones que ellos. Por otro lado, la independencia total podría dejar a Corea en una posición muy vulnerable, siendo un país pequeño y pobre rodeado de gigantes. A todo ello, la creciente tensión entre cristianos y budistas y entre terratenientes y labriegos desencadenó varias revueltas que, para 1884, dejaron al país en un estado de guerra civil que sólo remitió cuando China, una vez más, envió tropas para sofocar los tumultos. Muchos de los líderes independentistas huyeron a Japón.

retratos
Cómo los japoneses utilizaron la independencia de Corea como herramienta para acabar conquistándola es algo que, a día de hoy, aún sorprende. Para los japoneses, la ocupación de Corea serviría para minar aún más a la debilitada China y para abrir las puertas de la Asia continental a las tropas y empresas niponas, muy necesitadas de materias primas para mantener su desarrollo armamentístico e industrial. Igualmente, por medio de la ocupación de Corea, Tokyo podría mostrarle a las grandes potencias occidentales que Japón no era inferior a ellas y que, al igual que Francia o Gran Bretaña, también podría llevar los valores de la modernidad y del desarrollo a otros pueblos más atrasados.

China no iba a ser rival para el Japón industrializado de finales de siglo. Con cientos de revueltas internas y mutilada por los extranjeros, sus fuerzas fueron barridas de Corea por el ejército japonés entre 1893 y 1895. Con la firma del Tratado de Shimonoseki, que ponía fin a la guerra entre ambos gigantes del oriente, Corea quedaba servida en bandeja a los japoneses.

Lo más irónico era que, en dicho tratado, Pekín se comprometía a reconocer la plena independencia de Corea pero, tan pronto como sus tropas abandonaron la península, los japoneses comenzaron a levantar campamentos en ella, llegando también numerosos asesores de las islas para "guiar al gobierno coreano en su camino a la libertad". Corea se convirtió así en el Imperio de Corea, pero no era más que una formalidad sobre el papel. Cuando las elites coreanas vieron que el control de la situación se les escapaba de las manos decidieron buscar confort y protección en los rusos. La propia reina consorte Myongseong intentó negociar la concesión de varios puertos en Corea a la marina del Zar y, al mismo tiempo, para los rusos era harto interesante poder tener un puerto en aguas del Pacífico que estuviera libre de hielo en invierno.

El 8 de octubre de 1895 la reina fue asesinada. Varios japoneses entraron en el palacio por la fuerza, arrestaron a los asesores rusos en palacio y desarmaron a los guardias que no desearon cooperar con ellos. El acto fue execrable no sólo por el asesinato en sí, sino por la forma en que fue cometido. Según varios testigos, entre ellos miembros de la legación rusa en Seúl, la reina fue "violada, acuchillada hasta la muerte, después descuartizada y quemada. Sólo unos pocos huesos quedaron para poder ser enterrados".

De ahí en adelante las cosas fueron rápidas. El rey Gojong y su hijo, el príncipe heredero, se cobijaron en la embajada rusa pero, o bien los rusos le debieron de mentar a su extirpe por permitir a los japoneses entrar en palacio, o bien el vodka en la sede no era lo suficiente bueno ya que ambos salieron de allí pasados un par de meses, instalándose en una mansión en las afueras de la ciudad. Todos los partidos y organizaciones que exigían que Corea se liberase de la supervisión rusa y japonesa fueron aplastados por el propio rey, hecho que hace que muchos historiadores se pregunten si los japoneses le hicieron al monarca una oferta que este no pudo rechazar, o si este fue sencillamente un cobarde incapaz de reinar sin tener a su mujer cerca.

En los siguientes diez años Corea se modernizó de una forma considerable, aunque modesta, con la participación de ingenieros enviados por Tokyo y Moscú. Japoneses y rusos competían entre sí por ganarse los favores del rey. Japón no aguantó la tensión. En 1904 le declaró la guerra a Rusia y hundió toda su flota en cuatro batallas navales distintas. Los rusos tuvieron que hacer las maletas y, para los japoneses, contar con el beneplácito de las elites coreanas ya no era en absoluto necesario.

Pueblo
Las palabras con las que el primer gobernador japonés de Corea describió a los coreanos dejaban bien claro desde el principio el aprecio que sentía por los nuevos súbditos del Emperador: "los coreanos son palurdos ignorantes, aunque tiernos. Siempre tienen una sonrisa bobalicona e infantil en sus rostros. Son nobles, aunque torpes, tozudos e ignorantes. Carecen del refinamiento y maneras de nuestra gente pero, con esfuerzo, disciplina, trabajo duro y nuestro sistema educativo podremos hacer de ellos ciudadanos aptos del imperio".

Evidentemente, a uno le dan ganas de responder con un "Sieg Heil" al oírlo.

Con la aquiescencia de británicos y americanos, Japón convirtió a Corea en protectorado en 1905. Dos años después, en 1907, el Acuerdo Coreano-Nipón dejaba al gobernador japonés, Arasuke, como hombre al mando en la península. En 1910 la monarquía coreana fue finalmente abolida y Corea quedó anexionada como parte plena del Imperio Japonés. En el último minuto intentó Gojong enviar una delegación a La Haya para mostrar la agonía de la nación coreana al mundo, pero nadie le prestó la menor atención.
Durante los siguientes treinta años los coreanos serían obligados a aprender japonés, a comportarse como japoneses e incluso a adoptar nombres y apellidos japoneses. Sin embargo, a pesar de ser calificados como "ciudadanos del Imperio", jamás recibieron el mismo trato que sus "compatriotas" de las islas. Durante la II Guerra Mundial fueron salvajemente explotados como mano de obra semi-esclava en fábricas, fueron reclutados a la fuerza para vigilar campos de prisioneros aliados y miles de sus mujeres fueron raptadas para servir como "mujeres de confort" a las tropas niponas en la línea del frente en lugares tan dispersos como Java, Okinawa, Malasia o Birmania.

Al mismo tiempo, varios grupos armados habían comenzado a surgir en la península para recordar a los japoneses que aún existían como pueblo. Los sabotajes de infraestructuras y los secuestros y asesinatos de ciudadanos japoneses no fueron hechos aislados. Sin embargo, estas milicias eran pequeñas, no contaban con apoyos fuertes y no tenían las armas necesarias para enfrentarse a Japón. Paulatinamente huyeron a China y a la Unión Soviética, donde la doctrina comunista les caló muy hondo.

Otros, los más privilegiados, pudieron exiliarse en EE.UU, Hong Kong y Singapur. Dirigidos por Lee Sung-Man (o Syngman Rhee) la Liga Nacional de Corea comenzó a tomar forma. Lee, un graduado de Harvard, había realizado su tésis doctoral en Princeton, donde el corrector de su trabajo no fue otro que Woodrow Wilson (presidente de EE.UU durante la I Guerra Mundial). Casado con la hija de un diplomático austriaco, el viejo Lee siempre supo rodearse de quien mejor le convenía. Cuando los días de los japoneses llegaron a su fin en Corea, pocos estaban mejor posicionados para dirigirla que él.

Continuará...


Autor: Ignacio M García-Galán