viernes, 15 de marzo de 2013

Enjyo Kosai

Una tarde en Tokyo, saliendo de la estación de metro de Shinjuku abrumado por una masa de gente de la que sólo una metrópolis asiática puede presumir (no en balde por dicha estación cada día pasan de dos a tres millones de viajeros), me llamaron la atención unos cartelitos y libretas pegados en las farolas de la calle. Curioso, agarré un par de ellas para echarles un vistazo. Mientras las cogía y caminaba noté como algunas personas me miraban con curiosidad (algo nada raro para un occidental en Asia, por otro lado) cuando, al abrirlas y fijarme me quedé helado. Cada página contenía las fotos en uniforme escolar de una señorita en edad adolescente o poco mayor, casi siempre vestida con el célebre sera fuku, el uniforme estilo Sailor Moon que llevan la mayoría de las escolares japonesas.

Hasta aquí todo podría ser relativamente normal, siendo Japón un país obsesionado por la belleza infantil y adolescente, especialmente si es femenina, y en el que hasta hace no mucho era común e incluso legal vender books o vídeos nudistas de menores. Sin embargo, en la parte inferior de cada página aparecía un número de teléfono móvil, una dirección de e-mail y, en algunas, incluso un listado de tarifas y de tarjetas de crédito. La cosa quedaba clara. Esa fue mi primera (¡y única!) experiencia con el enjyo kosai, un fenómeno de los muchos tan bizarros que se pueden encontrar en las islas del sol naciente.

El término, en esencia, significa asistencia-compañía, pero qué incluye esa compañía y qué tipo de asistencia le procura a uno deja poco lugar a misterios.

Japón puede ser, fácilmente, uno de los lugares en los que la vida va más rápido. La infancia dura poco y la exposición a la vida adulta y el estrés, presión y clichés que unas sociedades tan uniformes y perfeccionistas pueden acarrear ejercen una gran presión que, en muchos casos, explota en la adolescencia. Muchas japonesas se sienten socialmente presionadas para encontrar la pareja ideal antes de los 25, una edad a la que buena parte de las mujeres occidentales aún no tienen una pareja seria. Por ello, las primeras experiencias sexuales de las niponas son, cada vez, más tempranas y la presión por ir a la moda en una sociedad tan vanguardista es, por su parte, mayor a medida que se avanza en edad.

A diferencia de los países del sudeste asiático, donde la mayoría de las chicas que ejercen la prostitución lo hacen como medio de subsistencia o porque no les queda otra opción, el fenómeno enjyo kosai procura a las escolares niponas efectivo para comprar nuevos teléfonos móviles, iPods, bolsos, videojuegos, pulseras, una motocicleta, dinero para viajar o ropa de marca. La cuestión es sencilla en un país en el que la industria del sexo genera el 1,3% del PIB y, teniendo en cuenta que Japón es la tercera economía mundial...

Para los ejecutivos nipones, que en la mayoría de los casos viven en una de las innumerables ciudades dormitorio que rodean la capital japonesa, hacerse por lo tanto con los contactos de estas jovencitas en la capital es tremendamente fácil. Existen además de las mencionadas libretas los famosos telekura, unos clubes telefónicos que sirven para concertar citas de todo tipo, inclusive para encontrar pareja, en las cuales este tipo de servicios han encontrado una nueva forma de salir al mercado. Al fin y al cabo, ¿qué chica japonesa de más de 13 años no tiene un móvil? Registrarse como usuaria para conseguir clientes es en exceso sencillo y los propietarios de dichos clubes tienen complicado poder hacer algo al respecto. Los hoteles del amor y los moteles abundan en una país donde, pese a la gran cantidad de habitantes y bloques de oficinas, los servicios de transporte a menudo dejan tirados en las principales ciudades a millares de trabajadores que no llegan a tiempo a coger el último metro o tren a casa. Por tanto, los lugares para consumar la cita, y nunca mejor dicho, no son difíciles de encontrar ya que, con frecuencia, es posible registrarse en muchos de ellos de forma anónima siempre y cuando se pague en efectivo por adelantado.

La acogida social es variada. Mientras que para algunos este es un medio de iniciar a la juventud en el sexo (¡cómo si no hubiera otras formas menos nocivas!) y de permitir que los torpes o quemados hombres de negocios de mediana edad alivien tensión, para otros es un claro problema social. Máxime cuando varias encuestas realizadas en los últimos diez años han arrojado el escandaloso dato de que entre un 6% y un 12% de las jóvenes estudiantes entre 12 y 18 años han ofrecido alguna vez este tipo de servicios. Sin embargo, como ocurre muchas veces en Japón, todo aquello que es embarazoso o susceptible de acarrear un estigma social, se barre debajo del tatami y procura no mencionarse. Y es que, al fin y al cabo, ojos que no ven...

De hecho, la propia legislación japonesa es bastante ambigua con respecto al tema. Mientras que la prostitución quedó oficialmente ilegalizada al concluir la ocupación militar americana (antes no, por supuesto), las salas de masaje de zonas como Kabukicho en Tokyo son célebres a nivel internacional, al igual que los bares que rodean las dos docenas de bases y campamentos que las fuerzas armadas estadounidenses mantienen en el archipiélago. Igualmente, mientras que en la mayoría de países desarrollados del planeta, incluidos vecinos de Japón como Corea del Sur o Taiwán, la mayoría de edad se alcanza a los 18, en Japón es a los 20. Y, sin embargo, la edad de consentimiento está fijada entre los 13 y los 17 (dependiendo de la prefectura) y de matrimonio en los 16, pese a que el artículo 177 del Código Penal determina que un niño es toda aquella persona menor de 18. No deja de ser curioso, ¿no?

Los argumentos para justificar este tipo de actividad se sostienen en la forma tan permisiva en que se ve el sexo en Japón y en los casi continuos estados de crisis identitaria y social que ha venido atravesando el país en las últimas décadas, siendo un lugar en el que los crímenes de índole sexual son harto comunes. Si bien a algunos extranjeros les choca ver las portadas del Interviú en los expositores de los quioscos españoles en plena calle, yo casi escupo el té que iba bebiendo cuando vi que las revistas y DVDs porno se vendían en todas las tiendas 7-Eleven y que, en muchos casos, su estante era el contiguo a las galletas y caramelos para los niños.

Sea como fuere, este tipo de relaciones son claramente voluntarias y las normas sobre qué hacer y cómo pagar quedan claras desde el principio entre ambas partes. No es una rareza que una chica de instituto tenga un sponsor mayor de 25 años que, en lugar de pagarle, la agasaje continuamente con regalos y caprichos.

Otro fenómeno habitual en los últimos años es el burusera o la venta de ropa interior usada (y a menudo sin lavar) de chicas jóvenes. Las tiendas (y, en su día, incluso máquinas expendedoras) que suministran este tipo de artículos a sus calenturientos clientes también disponen, entre otras cosas, de uniformes escolares (un fetiche muy recurrente por estos lares) e incluso muñecas hinchables con vello púbico real. En algunos casos, los primeros artículos incluso se venden con una foto de la anterior propietaria llevando puesta la prenda en cuestión.

Mientras que en la vecina Corea del Sur el culto y devoción a los idol groups de chicos y chicas jóvenes súper maquillados (y a veces operados) ha barrido y se ha exportado con enorme éxito al extranjero, este fenómeno arrancó en Japón ya una década antes y, en los últimos años, ha venido subiendo también un poco de tono. El archifamoso grupo de J-Pop AKB48, una banda formada por una treintena de chicas, ha vendido ya innumerables books y CDs con fotos en bañador y ropa interior de sus integrantes y, algunas de ellas, incluso han posado ya desnudas. La mayor de todas tiene 23, la más joven 14.

Evidentemente, en los sondeos hechos por la Asociación en Defensa de la Mujer de Japón el 68% de los padres japoneses encuestados se oponen radicalmente a semejante práctica y hasta el 52% mostraron temor o preocupación a que sus hijas la ejerciesen. Sin embargo, a medida que la juventud urbana en las grandes potencias asiáticas está más expuesta y fanatizada por la cultura pop de urbes como Tokyo o Seúl, el enjyo kosai se ha extendido, aunque en grado mucho menor, a países como Corea, Taiwán y China. Las leyes de estos países son, no obstante, mucho más tajantes al respecto.

Para los pocos periodistas que trataron con estas chicas, es insólito la normalidad con la que hacen su trabajo al terminar las clases y, al día siguiente, vuelven tranquilamente al colegio. El impacto psicológico a medio o largo plazo sobre ejercer la prostitución a semejantes edades aún no ha quedado claro en una sociedad tan pudorosa para algunas cosas (ese liberalismo para con lo sexual normalmente se acaba cuando se descubre que es la hija o hermana de uno la que está en el negocio).

Los fines de semana no suele haber clases en Japón, pero en los parques de la ciudad y en las áreas más transitadas de la capital, como Shinjuku o el cruce de Shibuya, ver a escolares en uniforme un sábado o un domingo por la tarde no suele ser extraño. Para algunas no es más que una forma de mostrar su estatus de estudiantes al salir con las amigas o un atuendo para denotar su juventud, casi convertido en disfraz fuera de las aulas. Para otras, sin embargo, es un reclamo.

Escrito por Ignacio M García-Galán 

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